Proserpina, la hija de
Ceres, vivía retirada en Sicilia junto a las campiñas del Etna, y allí gustaba de pasar su juventud en
paz e inocencia. Un día que se
entretenía con sus compañeras cogiendo flores recién abiertas, mientras estaba
arrancando un narciso, se abrió la tierra y de ella brotó el dios que a muchos
humanos acoge, el hijo de Cronos, el cual la izó por la cintura y la montó en
su carro tirado por yeguas inmortales, en tanto que ella lanzaba fuertes gritos
e invocaba a su padre Zeus, poderoso y excelso, pero el dios con su presa con
un golpe seco se hundió en el reino de las tinieblas.
Al tener Ceres noticia de tanta desventura,
partió precipitadamente en busca de su hija, recorrió las montañas, exploró las
cavernas y los bosques, atravesó los ríos, encendió al caer la noche dos antorchas para continuar
su camino a través de la oscuridad. Una
vez que llegó al lago de Siracusa encontró en su ribera el velo de su amada
hija y comprendió que su raptor había pasado por aquel lugar; después supo por
la boca de la ninfa Aretusa que el audaz amante se llama Hades...
A tal noticia, se sentó Ceres sobre una roca
y rompió en terrible llanto. Tan
espantosos y formidables eran sus sollozos que se podía oír desde cualquier
lugar del mundo, por apartado que fuera.
En su desesperación se arrancó los cabellos y las vestiduras y maldijo a
la tierra, que hasta entonces había cuidado con gran amor e interés. Peor a
partir de entonces Ceres se volvió descuidada, y la tierra se condenó a la
esterilidad. Más tarde se dirigió
presurosa hacia el Olimpo y cuando llegó a Zeus, le imploró toda bañada en
lágrimas, que hiciera todo lo posible por devolverle a su hija. Zeus,
conmovido, prometió a Ceres que su hija regresaría a su lado con una condición:
que no tomara ningún alimento en el mundo de los muertos.
Enviado por Zeus, Hermes fue a reclamar a
Proserpina a Hades, pero éste, astutamente, le hizo comer a la joven unos
granos de granada, por lo que ya inexorablemente quedaría ligada al más allá. Júpìter,
que no quería indisponerse con Hades pero que tampoco quería dejar de ayudar a
Ceres, concedió lo siguiente: Proserpina
viviría seis meses al año con su marido y otros seis meses con su madre.
Tal decisión conformó a Ceres que, volviendo
a sonreír, produjo el renacer de la naturaleza y volvió la fertilidad a la
tierra. Desde entonces, cuando
Proserpina vive con su marido en el mundo subterráneo, la tierra se cubre de
hielo, dolor y tristeza, los árboles pierden sus hojas y se marchitan las
flores; las simientes enterradas en la profunda tierra esperan el momento en
que Proserpina vuelva con su madre, y con ella la alegría y los frutos de los
seres que pueblan la tierra.”
(Refundición de Ovidio,
“Las metamorfosis”)
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